10/20/2026
POLLO A LA BARBACOA, POLLO SALTEADO, CHICKEN MANOK…
Cada plato cuenta una historia, y detrás de cada historia siempre hay alguien que nos enseñó algo.
Hace algunos años, mientras trabajaba en un hotel de Fort Myers Beach, tuve la oportunidad de compartir cocina con varios colegas filipinos.
Siempre he sido un curioso de la gastronomía. Me apasiona descubrir nuevos sabores, conocer otras culturas y entender las historias que se esconden detrás de sus platos. Porque para mí, la cocina nunca ha sido solamente mezclar ingredientes. La cocina es cultura, es memoria, es identidad y, sobre todo, es una manera de conectar a las personas.
Un día, conversando con uno de aquellos colegas, le pregunté cuál era uno de los platos más populares de Filipinas. Me habló de un pollo que él llamaba Chicken Manok. El nombre despertó mi curiosidad y, por supuesto, le pedí que algún día me lo preparara.
No tuve que esperar demasiado.
Al día siguiente, apenas crucé la puerta de la cocina, allí estaba esperándome aquel plato. Recuerdo perfectamente su aroma, su sabor y, especialmente, lo que sentí al probarlo.
De repente, sin haber viajado a Cuba, regresé a ella a través de un bocado.
Aquel pollo filipino me recordó inmediatamente al que en Cuba conocíamos como pollo a la barbacoa, un plato que, curiosamente, poco tiene que ver con una barbacoa. Pero así es nuestra gastronomía: llena de nombres, influencias, adaptaciones y recuerdos que terminan formando parte de nuestra identidad.
Y fue entonces cuando volví a confirmar algo que siempre he creído: las cocinas del mundo están mucho más cerca unas de otras de lo que imaginamos. Cambian los nombres, cambian algunos ingredientes, pero muchas veces compartimos sabores, técnicas y hasta emociones.
Desde aquel día nunca dejé de preparar ese pollo. Con los años lo he ido transformando, incorporando mis conocimientos, mis experiencias y mi manera de entender la cocina.
Hoy les comparto mi versión. No pretendo decir que sea la original filipina ni la tradicional cubana. Es simplemente el resultado de un encuentro entre culturas, de una amistad nacida en una cocina y de un recuerdo que todavía me acompaña.
Porque cocinar también es una forma de agradecer a quienes, sin saberlo, nos dejaron una enseñanza para toda la vida.
Y eso es precisamente lo que más me apasiona de este oficio: que después de tantos años todavía tengo muchísimo que aprender, descubrir y compartir.
Así que aquí les dejo mi pollo, con un poquito de Filipinas, otro poquito de Cuba y mucho de mi propia historia.
¡Así es como yo lo hago!
Los esperamos en Lo Del Jamaliche, en Hialeah, donde cada plato tiene su historia y cada historia merece ser compartida.